Tratado de música y afines
De Dolina

Es el título con que se conoce el método de enseñanza
musical elaborado por Ives Castagnino. La obra debió
tener una extensión desmesurada. Lo que hoy conoce-
mos de ella es, seguramente, menos de la mitad.
El hallazgo del manuscrito es mérito de Manuel Mandeb,
como también es suya la culpa del extravío de numero-
sos capítulos. Se sospecha que muchos fragmentos de
importancia decisiva han sido utilizados por el polígrafo
de Flores para encender la estufa, para realizar anota-
ciones del juego del chinchón, o para transmitir instru-
cciones al sifonero.
El libro comienza con una serie de amenazas destina
das a disuadir a los aspirantes, señalando las innume-
rables dificultades y las nulas alegrías que el estudio
de la música depara. Transcribimos algunos párrafos:
•
Capítulo I "Nociones Preliminares"
Es necesario evitar que el arte caiga en manos de los
canallas. No hay peor desgracia para la humanidad
que un artista perverso. Yo he conocido a algunos de
ellos. Poseen la técnica y los secretos de la música.
Son diestros, pero la maldad contamina toda su obra.
Observe el alumno lo que voy a señalarle: la obra no
puede ser mejor que el artista. Nuestros valsecitos se
nos parecen. Una milonga tocada por un canalla es
siempre canallesca, por más acordes que tuviere.
•
Capítulo XV "Afinación de la Guitarra"
Tómese la guitarra y afínesela del siguiente modo: la
primera cuerda será un mi, la segunda, un si y luego
un sol, un re, un la y un mi.
Ahora deje la guitarra y salga a la calle. Empiece a mi-
rar las cosas que suceden y trate de hallar un signifi-
cado o una emoción en ellas. Hágase contar algunas
historias del pasado. Después, enamórese. Incurra en
ilusiones, padezca desengaños. Si se actúa con pa-
ciencia, no tardará en llegar la soledad y la melancolía.
No se apresure. Al principio será un poco difícil, pero al
cabo de un número indeterminado de años, se esta-
rá en condiciones de pasar al ejercicio siguiente.
•
Capitulo XVI "Ejercicio Siguiente"
Cumplido el ejercicio anterior, vuelva donde dejó la gui-
tarra, revise la afinación y con los dedos índice y mayor
toque las cuerdas al aire hasta que se pudra.
•
Capítulo V "Teoría de la Música"
a)¿Qué es música?
Música es el arte de combinar los sonidos. Bueno, al-
gunos sonidos. Si usted combina el ladrido de un perro
con el estruendo de una apisonadora de tierra, el re-
sultado no tendrá mucho que ver con la música.
Alguien podría interpretar la definición del comienzo se-
gún un criterio restringido y protestar que los sonidos
mentados deben ser notas musicales. Música es el ar-
te de combinar notas: veamos. Combinemos las notas
do, mi, do, do, re, re, mi. Hemos quedado en las puer-
tas mismas de "Sobre el puente de Avignon". Pues
bien, eso no es música.
b)¿Qué es ritmo?
Son sonidos que ocurren a intervalos regulares. El alum-
no pensará: "tocar el timbre de una casa todos los do-
mingos es ritmo". "Quizá", es mi respuesta.
Haga el siguiente ejercicio. Tome un palo y comience a
golpearlo sobre una mesa a intervalos regulares.
"¿Estoy haciendo ritmo?", se pregunta el alumno mien-
tras pega ferozmente. Quizá.
El método de Castagnino es arbitrario. Aspectos sin
mayor importancia son examinados con insoportable
minuciosidad. Y hay -por el contrario- puntos fundamen-
tales que apenas se rozan. El sencillo concepto del sil-
encio le demanda al autor noventa y dos carillas, aso-
ladas de salvedades, arrepentimientos y contradiccio-
nes. En cambio, no es posible encontrar sobre el arte
de la fuga otra cosa que una llamada en la página 15
que nos remite a la página 69. Desde allí se nos envía
a la página 806, donde encontramos la indicación de
regresar a la página 15.
Los estados de ánimo de Castagnino influyen podero-
samente en sus explicaciones. El capítulo XXIV es repe-
tido seis veces, por sospechar el autor que los lectores
no lo han entendido. En la página 1040 hallamos una
amarga queja en la que se expresa la sensación de la
inutilidad de todo trabajo didáctico, para desembocar
inmediatamente en el relato de un episodio sentimen-
tal con una alumna.
El tratado no sirve evidentemente para aprender músi-
ca. Pero nos permite conocer los extravagantes pensa-
mientos de Castagnino.
•
Capítulo CXVI "Inexistencia del Melómano"
Casi todas las personas garantizan, al ser interroga-
das, su gusto por la música. Resulta muy difícil, por no
decir imposible, dar con alguien que aborrezca cual-
quier expresión musical. Sin embargo, me atrevo a
asegurar al alumno que la humanidad miente. La músi-
ca no le gusta a casi nadie. Lo que en verdad gusta es
aquello de lo que suele venir acompañada, las atrac-
ciones anexas de las que se vale para cautivar a las
muchedumbres.
Estamos hablando de las luces que iluminan a los can-
tantes, de los trajes que éstos usan, de su apariencia
seductora. Estamos hablando del efecto hipnótico del
baile y de cualquier repetición de movimientos. Esta-
mos hablando de las letras de las canciones, de la doc-
trina que suele acompañar a los géneros, de su simbo-
lismo político. Estamos hablando de las mujeres que es
posible conocer en los conciertos, de la fama que con-
siguen los que cantan, de los escándalos que protago-
nizan, del deseo que surge en nosotros de irnos a la
cama con una estrella. Pues bien, son estas cosas y
no la música lo que la gente ama.
Los maestros suelen enseñarnos a disfrutar de las
grandes obras explicando el significado de ciertos
efectos musicales. Esas notas graves en mitad de la
Polonesa son en verdad los soldados rusos. En la
obertura 1812, algunos críticos ven un parte de gue-
rra de la batalla de Borodino. El tango El amanecer
está lleno de violines que imitan a los pajaritos. Ten-
go malas noticias, la música no consiste en relatos
ruidosos. La música no alude a nada. Puede existir
aun sin el Universo, no necesita nombrarlo ni dibujarlo.
Puede existir sin espacio (¿quién puede señalar el
costado izquierdo de un vals?). En realidad, sólo nece-
sita tiempo.
Adivino que el alumno lector ya se habrá puesto a la
defensiva y pretenderá ocupar un lugar entre los escasí-
simos melómanos que existen. ¡No mienta, alumno!
A usted tampoco le importa la música. Me imagino que
el despecho habrá de despertar en el discípulo el de-
seo de acusar al autor de estas líneas de pertenecer
él también a la oceánica legión de indiferentes. Pues
es verdad, no me importa la música.
Amo, eso sí, el dulce llanto que me provoca. Los deli-
cados razonamientos que me inspira. Amo la forma en
que rima con mi tristeza. Amo la hermandad de los a-
cordes y el aparente litigio entre escalas simultáneas.
Amo leer como cartas de amigos muertos las antiguas
partituras. Estas cosas, claro, no son la música.
•
Capítulo XXX "De la velocidad"
Las personas poco avisadas dan en creer que los me-
jores músicos son también los más veloces. Esta mis-
ma idea es mantenida por algunos músicos, quienes
pasan la vida adiestrándose para tocar ligerito. Perso-
nalmente detesto la acrobacia musical. Sin embargo,
el alumno deberá someterse a los más arduos rigores
durante su aprendizaje. Y así ensayará complicadísi-
mas escalas y arpegios, que después no tocará nunca.
El Tratado de Música y Afines no se publicó nunca. Es
posible que Ives Castagnino haya copiado algunos ca-
pítulos para sus alumnos. En el original que llegó hasta
nosotros, el texto se interrumpe bruscamente (no se
sabe si por culpa de Castagnino o de Mandeb) en la
página 2.159. La última entrada es sencilla y pintores-
ca.
•
Capítulo DXI "De los Adornos"
Los adornos son como firuletes que tiene la música.

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Tal vez sería bueno terminar este post con algo de mú-
sica, pero... realmente ninguna canción podría ambien-
tar este post sin parecer pretencioso... juju...